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VALLEJOS EN EL MUNDO /
HOMENAJE A ANTONIO BENITEZ MINAYA, a pesar de no poder contar con
su compañía sigue estando con nosotros en el recuerdo de UN VALLEJO
Antonio
era extremeño, nacido en Valle de la Serena. Hombre corpulento de sonrisa
fácil solía vérsele a menudo por allí, y más últimamente, animado por sus
recuerdos que con el paso del tiempo se fueron volviendo irresistibles, la
nostalgia se hace más fuerte con los sentimentales, nostalgia de esa
infancia que fluye placenteramente por la vida como el curso de las aguas
de los ríos, libres de obstáculos. Esos, los sentimentales, los que
reaccionan enseguida ante los primeras barreras y dificultades de su plácido
devenir por el paisaje exuberante de la niñez, rechazándolas a manotazos,
son lo que sufren quizás más tempranamente y con mayor intensidad. La última
vez que me acerqué a él para darle un beso estaba postrado en la cama, vital
y enamorado de la vida que le azotaba con la nostalgia, pleno aún de
recursos para lanzarse a seguir sobreviviendo, me conmovió su fuerza, esa
mirada en parte huidiza fiel reflejo de su actitud, también en parte
salvaje, como la de un animal asustado y tierno a la vez que se interrumpe a
sí mismo para encararse violentamente con aquello que a su gran corazón
empequeñece. El relieve de su carácter se asemejaba al de su tierra, sobre
ella las nubes bordeaban los cerros que formaban el horizonte, tantas
miradas contentas de niños como Antonio se han asociado conformando el mundo
invisible de la esperanza, de los deseos, de la tranquila felicidad,
presente y futuro envuelto en papel de celofán, la vida como regalo diario.
Las carreras por el campo, algún dolor sólo físico y remediable de los
arañazos, las pequeñas heridas predestinadas a su curación inmediata y de
vuelta al placer, al descubrimiento de una realidad presumida como afable.
Es posible que su corta permanencia en el hospital representara una
complicación más para él, similar a aquellas contenidas en sus juegos
infantiles,expresioes suyas algo excesivas le suponían una válvula de
escape, porque a continuación sólo quedaba la ilusión de recuperarse,
ilusión duradera como la fuerza que ponía en satisfacer las necesidades de
los demás, las suyas propias, sólo cuando reclamaba atenciones de los otros,
reclamaba que le protegieran de la misma manera que se protege a un niño,
preservándole de conocer otras tristezas que tan triste le ponían. Cuando
necesitaba esa compensación, a veces esa dignidad tan suya y de su tierra se
resquebrajaba, pero eran esas hendiduras sin fondo, propias para comunicar
la corteza con el interior, eran nada más que agujeros para respirar.
Buscaba cobijo ofreciéndolo él, conocerlo y saber que podías contar con su
presencia, cuando fuera necesaria, además de todo lo que le pudiera
pertenecer, suponían la misma cosa. Pensando en él, me sobreviene la
sensación de que lo conocí una vez pero lo descubrí muchas más. La primera
fue hace más de veinticinco años, unas pocas jornadas separaron mi encuentro
con él y con su tierra, coincidencia casi mágica por lo que representaba
conocer a Antonio al completo, de no haber sido así, hubiera conocido sólo
una parte muy pequeña de él. De no haber surgido casi de inmediato ante mis
ojos la lozanía de unas tierras viejas que incansables volvían a recuperarse
para conquistar los colores y aromas de la primavera, aquellos días quizá,
ya reservados en mi recuerdo con la singularidad de todo aquello que
comienza, y aquel muchacho, que me introdujo entre sus gentes de una forma
profundamente espontánea, actuarían de otra manera en mi memoria, pero así,
juntos, me evocan una parte muy esencial de mi vida. Aunque no siempre
afecte por igual, abandonar el lugar y las gentes testigos de nuestros
primeros pasos demasiado temprano, o demasiado tarde, percibir esa ausencia
como no deseada, es como interrumpir algo en su desarrollo, un temor
inmaterial se instala en los corazones, el miedo a volver a sentir el vacío
otras vez, a perder la esperanza, a no ver en tierras lejanas más que lo que
se quiere ver, sabiendo que no ya no existe, que ya no está, miedo a
volverse loco. Por exageración o por no saber llegar, a veces, se le
escapaba una brizna de material incombustible proveniente de su volcán
interior, a mi me llamaba mucho la atención su especial forma de andar,
echaba el cuerpo a un lado y a otro como si lo hiciera con resignación,
allí, en su pueblo, por las angostas aceras el corpulento cuerpo de Antonio
se movía queriendo recuperar el tiempo perdido. Alguna vez lo he visto
cruzando la calle empedrada donde se crió, cansadamente, soportando la carga
pesada de sus recuerdos . Yo no sabía entonces interpretar su lenguaje,
pero lo que si sabía era que sus gestos hablaban, pensaba entonces en lo
difícil que resulta para ciertas personas sustraerse a la añoranza, eso sí,
eso lo entendí nada mas conocerlo, él me daba las claves contándome
historias de la gente, de sí mismo, del paisaje, de los lugares más próximos
a sus afectos, no me cabía duda de que conmigo se encontraba bien, hablaba y
hablaba sin cesar y aunque lo hiciera con todo el mundo, yo quiero conservar
dentro de mí la sensación de que con aquella jovencita a quien acababa
prácticamente de conocer se permitió el lujo de mostrarse tal como era, un
complejo inagotable de sentimientos iban dirigidos a ella, a su corazón,
que fue capaz de acogerlo como se merecía. Y desde esa glándula
profundamente incandescente, la que bombea el flujo de nuestra pequeña
eternidad hacia los pensamientos, que sólo se detiene para volver a engrasar
los pensamientos ajenos a través de ese contagio maravilloso que es la vida,
desde ahí, desde su ausencia, le recuerdo que nunca le olvidaré. (Hay vidas
que se interrumpen para afianzarse enternamente en las nuestras)
Mercedes
Madrid, 15 de
enero de 2004
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Soy Aurelia Gómez, y
naci, en el Valle el 17 de abril de 1969, en el año 1974, mi familia
al completo, se traslado a la villa armera de Eibar, mi padre era
Agustin Gómez, de la calle del Barreal, pero desde pequeño, lo
criaron, sus tías maternas, que vivían en la casa de enfrente de la
farmacia, y que da de esquina, mi madre es Josefa García, de la calle
Malavé, hija de Carlos de merengue.
Mi padre fallecio el 27
de julio de 1980, con 45 años, mi madre gracias a Dios vive y goza de
buena salud, está jubilada y la casa de enfrente de la farmacia
actualmente es nuestra residencia cuando estamos en el Valle.
En una de las fotos, se
encuentran mis padres, con mis dos hermanos mayores, y en la otra
estamos al completo los 4 hermanos, Juan Antonio, Primitivo, Aurelia,
y Agustin. Actualmente vivo en Vitoria, estoy casada, con un Eibarres,
y tengo dos hijos nacidos en Vitoria.
A todos nos gusta ir al
Valle, la verdad, vamos menos de lo que quisiéramos, pero de ahora en
adelante si Dios quiere queremos ir mas.
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